GenéveLa ciudad
Hacía unos cinco años que no visitaba el Salón de Genève (Ginebra), entre otras cosas porque antes nos invitaba alguna marca , y ahora te toca a tí rascarte el bolsillo si quieres verlo “live”, es decir en directo, como a cualquier mortal.
Pero no es del Salón de lo que quiero hablar hoy, que ya lo hice hace dos semanas, sino de la ciudad que lo incorpora desde hace 80 ediciones.
La última vez que visité Genève con su inconfundible “chafarís” llamado “Jet d’Eau”, capaz de subir hasta 140 metros de altura 500 litros de agua por segundo a una velocidad de 200 kilómetros por hora, fue como digo hace un lustro; y ahí sigue, el símbolo más que original de la ciudad que baña el lago Leman.
No era Genève, ni antes ni ahora, una ciudad de paseo indolente, sino de prestar atención a su numeroso comercio, especialmente relojero. Resulta prácticamente imposible no dejarse tentar por alguno de sus muchos escaparates donde lucen las mejores labores de la precisa relojería suiza; desde piezas asequibles, hasta las que te crujen el bolsillo con seis cifras.
Una parte de la ciudad permanece fiel a ese comercio tradicional, complementada por excelentes restaurantes, galerías de razonable tamaño y un abanico ingente de pequeños negocios donde se entremezcla gente de variada condición; la otra es la Genève empresarial, en la que desaparecen los edificios de influencia afrancesada que datan de los inicios del XIX, para mostrar fachadas en la que el cristal y el metal no necesitan más apellido que la empresa que las ocupa.
Sin embargo he reparado que puede llegar a sobrecoger la posible pérdida de identidad o el incremento de sucedáneo, de la que también van adoleciendo las principales capitales europeas, y es el floreciente incremento de negocios importados, sobre todo de Asia (iranís, turcos, árabes, etc), que implican el correspondiente efecto demográfico que a la larga también puede acabar modificando las costumbres que dieron origen a la ciudad. En algunos momentos concretos, si uno no supiese que está en Genève, podría preguntarse, ¿dónde estoy?
De lo que no hay duda es que, de momento, la perfecta organización suiza no abandona el control, por ejemplo del transporte. El aeropuerto, que es modélico a pesar de su tamaño relativamente pequeño, está rodeado de comunicación via tren y líneas de autobús, y a trescientos metros de uno de los puntos que constituyen uno de sus pilares económicos: Palexpo, centro de exposiciones, donde precisamente tiene lugar el Salón del Automóvil. Además, tiene Genève un sistema de tranvías que circulan preferentemente por el centro, y dan servicio a toda la zona comercial.
Agradable sorpresa fue recibir en el hotel, una tarjeta que me permitía viajar gratis en cualquier medio colectivo (tranvía, tren o autobús) mientras durase la muestra, ofrecida por Tourisme de Genève.
Para expandir los pulmones del alma y del cuerpo, uno tiene que acercarse indefectiblemente al lago Leman, en cuya orilla se agolpan numerosas compañías que te ofrecen la Promenade sur Lac (Paseo por el Lago), y no pocos pescadores intentan la captura de alguna Perca que llevarse a la plancha.
La orilla del lago Leman está salpicada de viviendas individuales y otras de mayor dimensión que no suelen superar las tres alturas, pequeños hoteles, y floreados jardines donde la sencillez se hace virtud, en un paisaje de cuento.
De momento, las diferencias percibidas en estos cinco años han sido únicamente demográficas. Genève respira un ambiente de calma y tranquilidad que serena el espíritu y un clima invernal que seca el aliento, sobre todo cuando la corta tarde se apaga y da paso al refugio en locales de restauración y a tener que acostarse después como las gallinas.
Cuando el Jet d’Eau se apaga, Genève ya está en el primer sueño, y sólo los primeros rayos de sol de la mañana la volverán a calentar para poner en marcha su potencial turístico y el preciso tic-tac de sus millones de relojes.






