LamborghiniAquel Lamborghini en Manhattan
Vive en España un expiloto que conserva uno de sus coches de competición -que ya andará por los cuarenta y cinco añitos de edad, el coche- sobre una tarima de cristal en el salón de su casa. Por cortesía no vamos a dar su nombre.
A este buen señor le deben sobrar los cuartos: años ha, un coleccionista extranjero de esos de chequera y pluma fácil le hizo una astronómica oferta, que, para su sorpresa, fue rechazada sin titubeos.
En el otro extremo de la escala recuerdo a un buen aficionado alemán tan enamorado de su Volvo Amazon de color crema que, entre restauración y restauración, a veces se iba al garaje sólo a mirarlo. No a sacarle brillo, a comprobar la presión de los neumáticos, a mirarle el aceite: tan sólo a contemplarlo con arrobo, embelesado por sus líneas. Que Wolf-Peter fuera un rocker de mediana edad enchaquetado en cuero con una tienda de discos underground da aún más mérito a su extática actitud.Pero el premio gordo se lo lleva un desconocido y bien forrado estadounidense. Tan transido quedó aquel hombre con el Lamborghini Miura, una de las obras maestras del diseño de automoción y quizá el deportivo de mejor planta de finales de los años sesenta, que se compró uno inmediatamente y se lo llevó a Nueva York, a Manhattan. Mal sitio para un Lamborghini, dirán ustedes. Bueno, es que no lo compró para conducirlo. Alquiló un helicóptero y lo instaló en el salón de una penthouse (ático con jardín) para poder mirarlo a placer. Buen tema de conversación para las visitas, sin duda.
No se volvió a tener noticias de aquel coche, ni de su dueño. Algún día en el volátil mercado de las subastas de coches aparecerá el anuncio: “Lamborghini Miura P400, excelente estado, 0 kilómetros, guardado en un salón durante 33 años.”
Me pregunto qué clase de persona pudo haber hecho algo así. Verán, lo del automóvil en una casa no es tan raro como parece. Uno de los pioneros de la automoción en Francia, Marcel Violet, construyó un coche en una buhardilla de París, que luego hubo que sacar por la ventana, pieza a pieza. En la propia Francia se sabe de Talbots (y otros) que durante la segunda guerra mundial fueron enterrados para que no cayeran en manos del ejército alemán. Incluso la historia de los Auto Union de los años 30 es tan rocambolesca que más parece obra de la imaginación de John Le Carré o Len Deighton.
La diferencia con nuestro Miura es que todos los anteriores habían llegado a funcionar, en su momento, como coches: habían rodado, vibrado, habían desprendido calor y consumido gasolina, y tal y como habían sido diseñados, atronaron caminos, circuitos, carreteras y autopistas y proporcionaron una especial dosis de adrenalina, de placer y quizá de miedo a sus conductores o pasajeros. Este no.
Ya saben: en algún lugar de Manhattan quizá haya todavía un Miura que es un zombie, un muerto en vida, un mero objeto de metal y goma y cristal y plástico. Aunque también puede ser que el coche se vendiera o se desguazara hace años y nadie haya vuelto a saber de él, o que esté saltando de mano en mano ahora mismo por el circuito de los coleccionistas de coches italianos.
Si los coches hablaran, hay uno que podría decir, con toda propiedad, aquello de “ah, cuando era joven y vivía en Nueva York… “






