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Tiempo pasado
¿Cualquier tiempo pasado…?
En el gremio comercial del automóvil, no se cumple eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque nunca se ha vendido como hoy. Pero si nos referimos a los automóviles en general, atendiendo  a conceptos más lúdicos, en algunas de sus múltiples aventuras,
creo que no me equivoco al asegurar que efectivamente cualquier tiempo pasado fue mejor.
Donde va a parar, aquellas joyas de los años treinta y cuarenta, aquellas terminaciones en materiales nobles (naturalmente los de cierto nivel). Estoy oyendo Rapsodia en Blue de Gershwing, y Concierto en Varsovia de Addinsell, y claro no se parece nada al Baile del Gorila de Melody  que pondrá mi hija cuando llegue.
Y eso es lo que pienso cuando veo uno de estos modernos coches de hoy, rodeado de plástico cuando me introduzco en su interior, y dándome la lata para que me ponga el cinturón.
Lo vean ustedes por donde lo vean, el tiempo del automóvil pasó, ahora empieza otro tiempo partiendo del éxito inconmensurable de este invento. Tienen también cuatro ruedas, y han logrado perfeccionar todas las virtudes que se anhelaban. Y son casi perfectos, pero...
Hace unos días viajé en una de esas máquinas del siglo XXI, sin palanca de cambios, sin freno de mano, cambiando de marcha en unos botones incrustados en el volante, mientras en un exprimidor central podía hartarme de buscar cosas que hacer: oir música, hablar por teléfono, guiarme por un satélite, y obedecer las instrucciones de una voz sintetizada que me hablaba patinándole la lengua: a cien metros tome a la izquierderela... ahora, a la izquierderela.
Adiós a la aventura, a la búsqueda en el mapa, que requería estar al día, adiós a parar para preguntar. Ahora se mete el cederrón, y hala, a seguir las instrucciones.
En Francia todavía no han desaparecido, gracias a Dios, aquellas carreteras con chopos centenarios  a los lados, donde uno podía estrellarse cómodamente. Ahora la gente se estrella en insulsos guarda-raíles. En Francia (¡qué país!) como digo todavía quedan esas rutas fantásticas en las que uno regresa a tiempos pasados en medio de una de esas campiñas cuidadas con primorosa atención, donde no tienen cabida las bolsas de supermercado, los botes vacíos de bebidas ni las botellas de cerveza (excepto las que tiran los extranjeros que les visitan).
Y qué me dicen de la competición. Pocos tipos pueden conducir como lo hace ahora Schumacher, un fuera de serie, con una calculadora en vez de cerebro y un corazón de acero, pero a mí lo que de verdad me ponía, era ver el coraje de Gilles Villeneuve en la F-1, o a Walter Rohrl en los rallyes haciendo tramos de sesenta kilómetros, en lugar de los paseos pueriles de ahora con mucho márketing pero sin sustancia ni riesgo.
En fin, se ve que ya estoy  mayor.
01.03.2001 Rafa Cid
 
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