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Tromboccini
¿Qué es esto de tromboccini…?
En los años setenta, el que quisiese tener un coche con alguna prestación, tenía que recurrir a los pocos preparadores que con cierta garantía y bastante desembolso te podían satisfacer dignamente.
Si tus alcances económicos no eran tan amplios, la única solución era hacer un viaje relámpago al extranjero, y traer las piezas que luego con tu mecánico de confianza montarías con más ilusión que provecho.
Y  así fue como de una sentada nos fuimos a Turín (Torino) y llegamos a los almacenes de Abarth, un templo sagrado para nosotros. Decenas de estanterías pertrechadas con todo tipo de materiales nos quitaban el hipo, sobre todo cuando veíamos la etiqueta del precio...
Finalmente, por unas pocas pesetas conseguimos traernos todo lo necesario para hacer andar un viejo Seat 124 que pretendíamos transformar de burro en caballo de carreras. Y esto era, un juego de pistones, válvulas de admisión y escape, eje de levas, y... tromboccini, palabra que luego no se me olvidaría jamás por lo que ahora contaré.
Sin apenas conocer más calle que la del almacén de Abarth, retornamos presurosos (me acompañaban dos amigos) a la frontera con nuestra preciosa carga, pensando ya en los caballos que se iban a ganar con aquél material de primera que en España ni se conocía.
Y llegamos a la frontera y a la aduana, donde por prescripción te paraban y revisaban convenientemente. En previsión de tal emergencia, escondimos los pistones, válvulas, eje de levas, y todo el material entre la ropa. El carabinero nos hizo abrir la maleta, miró por encima, pidió que sacásemos otra bolsa, y tampoco encontró nada. Casi nos iba a dar el visto bueno, cuando decidió echar una mirada al interior, y vió un maletín en el suelo. El tal maletín estaba allí más que nada para que no estorbase, pero el guardia decidió que se lo abriésemos. Y allí evidentemente no había nada, excepto...¡ la factura de Abarth!
Y dijo cogiéndola, ¿qué es esto?,
–nada...bueno, una nota...
Y se puso a leerla...
–¿Qué es esto de tromboccini?
La madre que lo parió, pensé...
–A ver, abran otra vez la maleta. Y allí aparecieron las válvulas, los pistones, los aros, el eje de levas, e il tromboccini, que eran las trompetas de admisión con boca de rejilla para los carburadores dobles.
– Aquí tiene los tromboccini, ¿los ve?, esto son...
Total, que hubo que ir a pagar las tasas de aduana, y nos salió por un pico.
Un par de años después de reirnos recordando la anécdota, le vendí el coche a un paisano que le gustaba aquello del escudo Abarth en la rejilla y los tromboccini
relucientes en el motor. Se pasaba todo el día, según pudimos enterarnos después, presumiendo con su coche, al que llamaba con énfasis  “Mi  Abarth”, y naturalmente en el pueblo acabaron diciendo (en gallego) cuando lo veían llegar:  “...ahí veñe miabar”.
01.04.2002 Rafa Cid
 
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