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Casa das Marés
Nuestro segundo día de viaje toca ya a su fin. La lluvia que parecía no acabarse nunca, fiel compañera de nuestra primera jornada, parece haberse quedado prendida del encanto de la Serra do Caramulo, desvío prometido de nuestro recorrido por la costa portuguesa. El viejo deseo de conocer el museo de automóviles antiguos de Caramulo había llenado de satisfacciones, a pesar del persistente aguacero, nuestro comienzo de vacaciones. El museo, que en sí mismo merece sobradamente la pena, reúne no solo una fantástica colección de automóviles de gran interés tanto para el aficionado como para el que no lo es tanto, sino también una extensa muestra de arte en pintura, escultura, cerámica y tapices con representantes del prestigio de Dalí, Picasso ó Amadeu de Sousa Cardoso.



La belleza natural, que envuelve, que arropa Caramulo y su sierra, y su decadente encanto, nos invitan a viajar en el tiempo. La belleza agreste y forestal de la sierra cautiva a nuestra compañera de viaje: la lluvia. Reemprendemos el camino con sensación de complicidad en su romance.
Retomamos la costa portuguesa; el clima parece acomodarse a la nueva idea de nuestro viaje, queremos disfrutar de la costa y de sus playas y el sol parece ahora querer ser el protagonista indiscutible, nuestro cicerone de abruptos y escarpados acantilados, de interminables y solitarias playas rendidas a un océano enérgico e incansable de una belleza inmensa y azul. El verano parece ahora tomar las riendas y nos hace disfrutar intensamente de cada uno de los lugares que nos encontramos. Dejarnos sorprender está siendo la tónica de nuestro viaje a través de las sensaciones, abiertos a cualquier cambio de planes, a cualquier sugerencia atractiva, a cualquier entusiasta indicación. Así poblaciones y lugares de interés van surgiendo a nuestro paso: Figueira da Foz, Marinha Grande, S. Pedro de Moel, S. Martinho do Porto, Obidos, hermosísimas e interesantes localidades merecedoras por sí mismas de capítulo aparte  en nuestra crónica de viaje. Portugal, país por el que sentimos un profundo respeto y una especial simpatía, se nos aparece ahora con un especial afán de agradar: sus posibilidades turísticas son enormes con una oferta completa y variada de sus instalaciones hoteleras. El turismo de “habitaçao”, equivalente a nuestro turismo rural se extiende a lo largo de su geografía. Existe una gama de casas desde “solares” (grandes casas en la ciudad) a “quintas” (casas solariegas ó fincas) y “paços” (palacios ó casas nobles), capaces de cubrir todos los niveles de exigencia.
Portugal es un país de húmedos valles, de sierras de gran riqueza forestal, de ríos, de laderas tapizadas de viñedos, de playas doradas, de clima cálido, de navegantes, de historia y el mar dominándolo todo. Portugal es un país para dejarse sorprender.
Casa das Marés: esta primera referencia, Casa de las Mareas, llama poderosamente nuestra atención, por lo que pedimos más detalles a nuestro interlocutor: Illa do Baleal, continúa, Calle do Sol Por. No salimos de nuestro asombro, tenemos muy cerca de donde nos encontramos una casa que parece haber surgido de entre las páginas de Moby Dick, propio de la desbordante imaginación de Melville, pues una casa con ese nombre, que además está en la Isla donde acuden las ballenas - como dice su nombre- y situada al final de la calle de la Puesta de Sol, no puede tratarse de una coincidencia, nosotros hemos venido hasta aquí para conocerla.
Una vez manifestado nuestro agradecimiento por la información, bordeamos el Cabo Carvoeiro, donde nos encontramos, para dirigirnos al refugio de la Casa das Marés. Un infantil nerviosismo se apodera de nosotros.- “Seguro que no tiene habitaciones libres”, me dices.- “Verás como no es como la pintan”, te digo yo en el instante en que al final del cabo divisamos la isla, y al fondo de ésta: la casa. - “!no puede ser¡”, decimos los dos.
La realidad supera, una vez más, la ficción. Dos hermosísimas playas forman un extenso arenal en cuyo extremo se encuentra la Illa do Baleal. Al fondo de ésta, solitaria y caprichosa como una sirena varada por la bajamar, la Casa das Marés. Una estrecha carretera sobre la arena de la playa nos permite acceder a la isla, que deja de serlo durante gran parte del año, salvo cuando las mareas vivas no permiten el acceso por tierra, demostrando así su condición de isla .
Todo parece parte de un gran decorado. La casa, un antiguo hotel construído en 1.917, resulta todavía más atractiva y misteriosa. El Capitán Acab, Queequeg, Ismael parecen surgir de las páginas del libro de Melville y salir a recibirnos; en su lugar es Dª Mª Odete, más real pero no con menos encanto, propietaria conjuntamente con sus hermanas Dª Mª Deonilde y Dª Mª Teresa de la Casa das Marés, quién nos recibe. Con nervioso ímpetu manifestamos nuestro deseo de quedarnos,.- “Pois si”, como música en nuestros oídos suenan sus palabras.- ¡ BIEN !.
La sencilla pero acogedora decoración interior, los innumerables detalles de origen marinero encajan perfectamente con el entorno y la casa. Todo sabe a mar, todo huele a mar, solo se oye el mar.
Dispone la casa de doce habitaciones dobles con baño; el mobiliario y los detalles son sencillos, básicos. Acab no permitiría nada más, no se necesita nada más. La sala de estar con chimenea y unas bonitas y alegres terrazas donde podremos desayunar. Pero eso será mañana, hoy vamos a formar parte de la imaginación, de los sueño, de la literatura, hoy nos sentaremos entorno a la chimenea y dejaremos que Herman Melville nos cuente aventuras del Cabo de Hornos y quizá mañana mientras desayunamos, oteemos el horizonte para divisar el magnífico surtidor de una Gran Balea Branca.


GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

Francisco Rodríguez
 
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