La casa de Aldán
Pocas son las ocasiones en las que una manifestación de arte, una exposición, un acto cultural o musical conseguía conmovernos de aquel modo. La inquietud la provocó, aquella tarde, el recorrido ante el fantástico documento fotográfico del archivo José María Massó. La sensación de melancólica felicidad al asomarnos, casi indiscretamente, a nuestro pasado reciente, a un tiempo aún vivo en el recuerdo de tantas mujeres y hombres de mar, de nuestro mar.
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Esa misma sensación me recorre ahora mientras paseo la mirada a través de las páginas del álbum que recoge el interesante documento gráfico. La sensibilidad y la generosidad de José María Massó nos permiten acercarnos a su entorno familiar y profesional, ligado siempre al mar, a nuestro mar. Gente de mar y su mundo, las duras tareas, las dificultades, la carencia de medios, y por el contra el entusiasmo, el tesón y el acopio de imaginación que aquellas mujeres y hombres de la primera mitad del siglo, ya pasado, tuvieron que aportar para extraer del mar su más preciado tesoro, la pesca, y desarrollar los procesos productivos necesarios para la conservación y la comercialización de ésta en aquellos difíciles años. La familia Massó, implicada en toda esta peripecia, y en especial, José María Massó nos regalaría aquella tarde un nostálgico y romántico paseo con aroma de mar, un aroma que pronto volveríamos a sentir con agrado.
Un espléndido día de sol, un regalo del cielo en medio de tantos y tantos días de lluvia, nos anima a viajar a la marinera ría de Aldán, una de las Rías Bajas gallegas, probablemente, más inalteradas. Para conocer un interesante proyecto de turismo rural enclavado , encastrado diría yo en el mismo puerto de Aldán.
Marisa Barrio y Juan Baqueiro, ella decoradora de oficio y de corazón, el hombre de mar por tradición y vocación, los dos aman el mar y lo navegan, deciden recuperar una antigua fábrica de salazón de pescado reconvirtiendo el conjunto para un nuevo uso, el turismo rural, además de instalar aquí su propia vivienda. La obra es ambiciosa, pues todo el conjunto se encuentra en un estado de abandono grave, y las premisas que el matrimonio se propone lo son todavía más: recuperar un patrimonio arquitectónico de interés abandonado, manteniendo vivo el recuerdo de los orígenes de las primeras industrias conserveras. La complicación es grande, el reto lo es todavía más, las diversas áreas que componen la edificación; almacenes, patio de trabajo, cubetas de prensado y salazón, planta de vivienda, finca ajardinada, etc. Pero no hay dos sin tres, y el trabajo de poner sentido a todo esto es encomendado al arquitecto Alfonso Penela, que aporta, además de un profundo respeto por la construcción original y su entorno, su habilidad profesional, que sumado al entusiasmo que Marisa y Juan son capaces de transmitir, hoy, dos años después de iniciadas las obras, probablemente uno de los mejores trabajos de recuperación para su destino al turismo rural.
A medida que nos acercamos, la característica edificación parece tomar vida, varada en el puerto de Aldán, sobre rocas y madera, a modo de cubierta de una tradicional embarcación de pesca, nos recuerda la obra pictórica de nuestro amigo Rafael Calvo, al utilizar maderos procedentes del desguace de este tipo de embarcaciones en sus cuadros, convirtiéndolos en arte, hermosa jubilación para estos breados y bregados leños.
En cuanto accedemos al interior, dos cosas llaman fundamentalmente nuestra atención: la sonrisa de Marisa ¡bonita sonrisa!, a la que no conocíamos personalmente, y un agradable e intenso aroma a madera de cedro. Si cerrásemos los ojos, podríamos imaginarnos en medio de un aserradero o mejor aún trasladarnos mentalmente a un carpintero de ribera. Este aroma que desprende la madera de las innumerables zonas de la casa construidas con este material, y que se pretende mantener, será uno de los aromas que caractericen, en nuestros sentidos, la Casa de Aldán. Cedro, Pino Tea, Cristal , zinc y piedra, piedra que se conserva y se respeta manteniendo los elementos constructivos originales en perfecta armonía con el moderno diseño de las soluciones aportadas en el proyecto, resultando un conjunto confortable y entrañable.
Diez habitaciones dobles, además de dos especiales y una individual, todas con el nombre de la playa que se puede ver desde su ventana, al otro lado de la ría de Aldán, a través de un mar llovido: Pintens, Vilariño, Os Picos, Castiñeira, etc., definen la habitación y el paisaje.
Los espacios compartidos de los que la casa dispone: patios, estar, jardín arbolado, terrazas, comedor, en todas las múltiples soluciones aportadas por el arquitecto como el suelo de cristal del salón, a través del cual se pueden ver los antiguos depósitos de salmuera, y sobre él, reflejado el vuelo de alguna gaviota que sobre un cielo gris cruza el empedrado patio central en el que un único y hermoso naranjo pugna por mantener su espacio, o los grandes ventanales con el mar siempre presente, un mar que siente, que lo adereza todo en la Casa de Aldán, que lo impregna todo con su aroma a madera de mar, el aroma de la casa.
Marisa y Juan siguen ilusionados con su proyecto. Ahora ya finalizado, no sé si todo responde a lo que en principio pretendían, pero no se si pararán hasta conseguirlo. Cuestión de carácter. Mientras tanto, no faltarán ni una espléndida cesta de frutas en la habitación, ni un delicioso desayuno al despertar, ni la mejor de las sonrisas al recibirnos en su casa. Lo mejor ya está conseguido.
GALERÍA FOTOGRÁFICA






