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Jaguar MKV
Felino azul
Obligado a compartir “cartel” con otro modelo de su misma marca tuvo el riesgo de quedarse un tanto eclipsado, máxime si su  “oponente” contaba desde su lanzamiento con una expectación y aceptación fuera de lo común.

Esta circunstancia le tocó vivirla a nuestro protagonista, pues ni más ni menos que coincidió en su lanzamiento, en 1948, con su hermano de marca, el Jaguar XK 120, vehículo que ya hemos tenido la oportunidad de traer a estas páginas y cuyo carisma ha estado siempre fuera de toda duda. No obstante, el MK V ocupó su lugar en el mercado al que se dirigía a pesar de que en plena postguerra, no estaban las cosas precisamente para invertir en vehículos de lujo.

La fábrica británica se esforzaba, como todas las industrias, por recuperar la normalidad en su trayectoria después de haberse dedicado como tantas otras a producir componentes bélicos; el Jaguar XK 120 aparecido meses antes había levantado pasiones; como le definieron en una revista especializada de la época, dando muestras de una gran anticipación “Las personas progresistas estarán satisfechas con él y las mas conservadoras llegarán a aceptarlo” pero la marca era consciente de que no solo podría apoyar su desarrollo y viabilidad empresarial en un modelo deportivo. Por el contrario, tenía que recuperar una gama de vehículos de líneas clásicas que sirvieran de conexión entre los modelos de preguerra y las nuevas tendencias de diseño y ello les llevó a desarrollar modelos como el MK IV y el MK V.

Con una clara política de búsqueda de equilibrio  combinando un discreto encanto  con  un lujo conservador, el coche mantiene componentes en su carrocería propios de años anteriores al paréntesis obligado por la guerra, como son los grandes guardabarros, las ruedas traseras cubiertas, la rejilla del radiador de gran tamaño buscando, junto con los faros sobrepuestos copar todo el protagonismo en su parte delantera… pero ello habría de combinarse con un desarrollo técnico acorde con los nuevos tiempos y así el chasis fue rediseñado para obtener mayor rigidez; los frenos hidráulicos, las suspensiones delanteras independientes… fueron también evolucionados pues los niveles de exigencia serian crecientes de forma paralela a la normalización y crecimiento económico, además había que justificar el fuerte incremento de precios que una difícilmente controlable inflación exigía de forma casi constante.

Cada manilla de puerta, el compás de apertura y cierre de la capota, las defensas, los faros, los pilotos, el radiador, los tiradores… todos y cada uno de sus componentes, está diseñado para realizar su función - es obvio - pero es que además es en si mismo una pieza cuyo delicado y cuidado diseño le otorga rango de individualidad; no digamos la tapa del radiador de agua con el remate de la figura del felino que da nombre a la marca, en pleno “ataque” dispuesto a “devorar” kilómetros.

En el interior un salpicadero en el que la madera destaca sobremanera del resto de sus componentes con un excelente trabajo de marquetería que viene a “eternizar” como parando el paso de los años un concepto de automóvil impensable de alcanzar con los parámetros de hoy en día y que solo la contemplación de un ejemplar tan profesionalmente restaurado por el equipo de especialistas dirigidos por Juan Lumbreras como el que hemos tenido oportunidad de contemplar y probar para nuestros lectores, nos lleva a preguntarnos si es que posiblemente  ha habido tiempos mejores antes de que los ordenadores copasen el protagonismo en el diseño de automóviles sacando como resultado de sus cálculos “tan perfectos” un clónico tras otro al que da igual que marca finalmente se le ponga para su comercialización.

La marca de Coventry desde luego apostó fuerte y con la seguridad de que su nuevo modelo tendría su espacio de comercialización lejos de una sociedad económicamente debilitada por la postguerra como era la de su propio país, esta claro que su visión estaba más allá del Océano Atlántico y que comenzaba una desenfrenada carrera en sus cifras de exportación pues del 26% alcanzado en 1946 se llegó  en solo 5 años hasta cotas del 90% de vehículos exportados sobre el total de ventas en 1951; en definitiva que los primeros modelos de postguerra eran algo mas que la berlina Jaguar SS de 1936 – por cierto el primer modelo de la marca que introdujo la denominación Jaguar-.

Tras la inestimable ayuda e indicaciones que me facilitó Carlos Montes Villar - uno de los especialistas en restauración de clásicos que colabora con Juan Lumbreras -  llegó la hora de situarnos al volante y disfrutar; disfrutar del aroma mezcla madera y piel que nos envuelve; apreciar la variada y completa información que nos permite obtener con una simple mirada hacia la parte central del salpicadero, en la que se reúnen los diferentes indicadores. Ponemos el motor en marcha y el seis cilindros se hace notar con un sonido suave y constante respondiendo a nuestra ligera presión sobre el acelerador con cierta pereza normal en un motor que cuenta entre sus características con una larga carrera de ni mas ni menos que 110 mm.; de hecho alcanza su potencia máxima de 125 Cv., a solo 4.500 r.p.m. lo que nos indica que su vocación era la de dar a sus usuarios un margen de utilización y elasticidad acorde con la línea de comodidad global que las berlinas de Jaguar aportaban.

La dirección, un poco dura en parado, se suaviza radicalmente al iniciar la marcha y nos llama la atención su excelente nivel de giro que nos permite acceder a una maniobrabilidad mucho más eficaz de lo que por el tamaño y grandiosidad general del coche podríamos pensar a priori; ello se aprecia también en marcha pues su elevado grado de suavidad y confort no van en absoluto reñidos con una excelente eficacia y buen comportamiento en ruta; desde luego los propietarios cuyo nivel le permitía disponer de chofer podrían realizar grandes y prolongados desplazamientos sentados en la parte trasera del vehículo pues apenas hay diferencia alguna entre estar sentado en el cómodo asiento trasero del Jaguar o en el sofá preferido del salón de nuestra casa; eso si, con la ventaja añadida de que aquí cambiamos el disfrute de un variado paisaje por la monotonía de la “caja loca”. Sin duda sería una gratísima experiencia realizar un largo viaje… sin prisa, disfrutando a fondo del itinerario con el MK V como silencioso compañero. Eso si, me pido ir de chófer…  

01.08.2002 Enrique Ojea
 
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