Lasarte a través de sus cartelesLos años de oro del circuito vasco
Los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX coincidieron con el nacimiento y la consolidación de un nuevo medio de transporte: el automóvil. Antes, incluso, de llegar las primeras luces del siglo ya se habían celebrado en Europa diversas pruebas automovilísticas. La afición por el nuevo medio de locomoción llegó a las páginas de la prensa del momento y, en la primavera de 1900, ya se podía leer en la revista ilustrada Blanco y Negro “Un sport [sic] que va adquiriendo cada día más desarrollo es el automovilismo, palabra que ya tiene derecho a entrar en Diccionario porque es de las que salen nuevas todos los años” (Blasco, E. 1900 mayo). Pero fue tras la celebración de las carreras París-Berlín de 1901 y París-Viena de 1902, cuando surgió una verdadera fiebre por este tipo de acontecimientos.
En pocos años las pruebas automovilísticas adquirieron una dimensión internacional como consecuencia de la participación de pilotos y equipos de todo el mundo, y se convirtieron en un deporte espectáculo que contaban con un importante número de seguidores. El rápido desarrollo que alcanzó su industria y la consolidación del automovilísmo, como espectáculo de masas a nivel internacional, situaron a las carreras de coches en las auténticas pistas de pruebas donde los fabricantes, no sólo, probaban nuevos desarrollos técnicos sino que también daban a conocer sus avances y productos al público en general.
En España ocurrió lo mismo que en el resto del continente y, en 1903, la celebración de la carrera París-Madrid encendió la mecha de la afición por este tipo de eventos. A pesar de la suspensión de la prueba en Burdeos, como consecuencia del elevado número de accidentes y los siete muertos que se produjeron, la organización de la prueba generó una gran expectación entre el público español, en este contexto, comenzaron a organizarse pruebas por distintos puntos de la geografía española. Sin embargo, dos fueron los focos donde éstas se llevaron a cabo de forma más numerosa y continuada, estos fueron Cataluña y el País Vasco.
La cercanía de ambas zonas con Europa, a través de sus fronteras con Francia, favorecieron la propagación de muchas de las novedades y tendencias que trajo consigo el nuevo siglo, como la afición por el deporte automovilistico entre ellas. Barcelona fue la cuna de la afición automovilística española, pues allí tuvieron origen, no sólo, las primeras carreras automovilísticas que se realizaron en España, sino también una gran parte de las iniciativas industriales relacionadas con el sector. En Cataluña nacieron algunas de las marcas pioneras de automóviles como De La Cuadra (1900), J. Castro (1903), Fénix (1903), Bons (1904) y la más importante e internacional de todas ellas Hispano-Suiza (1904) entre otras. Así mismo también tuvieron su origen allí importantes fabricantes de componentes e industria auxiliar como los neumáticos Klein o los radiadores Corominas, entre otros muchos, y diversos talleres y garajes.
Por su parte, el País Vasco contó, desde los primeros años del siglo, con una de las mejores redes viarias españolas. La ruta de la carrera París-Madrid, de 1903, tenía prevista su paso por las localidades vascas de San Sebastián, Tolosa, Vitoria, con dirección a Miranda, Burgos, Valladolid y Madrid. Esta circunstancia promovió que todas las carreteras por las que iba a transcurrir la prueba fueran arregladas y preparadas. A su vez este hecho favoreció la circulación por las mismas y, ello, pronto se vio reflejado en el incremento del parque móvil guipuzcoano, que se convirtió en uno de los más numerosos al concluir la primera década del siglo. En los años posteriores, fueron las diputaciones vascas las que continuaron con la labor de construcción, ampliación, mejora y mantenimiento de las carreteras vascas.
Durante las dos primeras décadas del siglo, la mayor parte de la actividad deportiva automovilística española se desarrolló en Cataluña y en Madrid, siempre de la mano de los distintos clubs y peñas existentes. Pero, a partir de 1923 el circuito vasco de Lasarte tomó el relevo automovilístico deportivo español.
Varios fueron los factores que favorecieron el traslado del foco automovilístico al circuito vasco de Lasarte. La ciudad de San Sebastián gozaba de una situación estratégica entre Europa y Madrid y, durante la Gran Guerra europea se convirtió en una visita inevitable para muchos ciudadanos y, en consecuencia, en una ciudad muy cosmopolita. Eran los años de la “belle époque” y en su casino se daban cita los personajes más famosos e importantes de la vida europea del momento, toreros, banqueros, artistas, políticos y otros muchos personajes del momento, además, San Sebastian contaba todos los veranos con la presencia de la familia real, esta circunstancia unida a la gran afición del monarca español, Alfonso XIII, por los automóviles garantizaba la presencia real en todas las pruebas que se organizaban. En este contexto, la repercusión mediática que la sola presencia del monarca tenía, en toda la prensa del momento, jugó de forma muy favorable en la difusión de todas las pruebas y carreras.
Por otro lado, la excelente red viaria y el elevado número de alojamientos existentes por toda la provincia, favorecieron el desarrollo turístico de la misma. Las favorables condiciones atrajeron a las personalidades y a los personajes más carismáticos del momento. Unas cosas llevaron a las otras, la ciudad de San Sebastián se puso de moda y año tras año el público que asistía de forma muy numerosa favoreció la consolidación del circuito de Lasarte convirtiéndolo, durante años, en el foco deportivo automovilístico más importante en España.
Además, los años de competiciones en Lasarte también se correspondieron con una periodo de esplendor en lo que respecta a la organización de pruebas automovilísticas en todo el mundo. Las carreras de automóviles se convirtieron en el acontecimiento de moda en toda Europa incrementando su afición, año tras año, y los fabricantes de automóviles encontraban, cada vez más, en las carreras el mejor medio para dar a conocer sus nuevos modelos y sus mejoras al público de todo el mundo.
En este favorable contexto la organización de la semana automovilista en el circuito de Lasarte se extendió entre los años 1924 y 1936, celebrándose en él importantes pruebas, tanto nacionales como internacionales, con la sola excepción de los años 1931 y 1932. Durante años, el circuito donostiarra se convirtió en una referencia nacional e internacional, y en él se dieron cita los pilotos y fabricantes de automóviles más importantes del mundo, así como numerosos espectadores.
La primera “Gran Semana Automovilista” de San Sebastián tuvo lugar en 1923. Para su estreno la organización encargó la realización de un cartel al renombrado dibujante vasco Eduardo Lagarde, Lagarde era un artista vasco muy ligado al automovilísmo, al igual que lo fué Ramón Casas en Cataluña. El automóvil y la velocidad estaban de moda y ambos manifestaban por sí mismos las tendencias más en boga en toda Europa. Lagarde consideró que el automóvil debía ser el protagonista del cartel, convirtiéndolo en la estrella del mismo, y aportando a la obra un decisivo carácter deportivo.
Los elevados premios, la vistosidad de los trofeos y los carteles enviados a todos los clubs, entre otros aspectos, contribuyeron a que el acontecimiento traspasara las fronteras vascas atrayendo a numerosas marcas y equipos, fundamentalmente extranjeros, aunque también hubo algunos participantes españoles principalmente catalanes.
La primera cita automovilistica vasca consiguió reunir en San Sebastián; un salón del automóvil abarrotado a diario, una semana de carreras que contaba con una lista de inscritos de primera línea, el gran casino del Kursaal frecuentado por la flor y nata europea, la presencia del monarca español Alfonso XIII y de la reina Victoria, así como la asistencia de un gran número de personalidades civiles, militares y de la aristrocracia que arroparon el evento. Ante semejante oferta, el público, tanto aficionados propios como foráneos, asistió de forma numerosa a la cita asegurándo su éxito.
Al concluir la prueba la organización no hizo entrega de los premios en metálico prometidos, este hecho provocó que los participantes solicitasen la intervención de la “Asociación Internacional de Automóviles de Clubs Reconocidos”, quien finalmente solventó el problema. Para evitar que, en un futuro, volviese a ocurrir algo semejante se resucitó el Real Automóvil Club de Guipúzcoa -RACG-, que había dejado de funcionar en 1913, y a partir de ese momento éste tomó el relevo de la organización de las citas futuras.
El éxito logrado con la I Gran Semana Automovilísta favoreció la puesta en marcha de los preparativos para el “II Circuito Automovilísta de San Sebastian”. Para la nueva edición, y a diferencia de la vez primera, la organización recayó en el Real Automóvil Club de Guipúzcoa. La realización del cartel de la nueva cita volvió a recaer en Lagarde, y la obra resultó un claro ejemplo del dominio que tenía el artista del lápiz y de la línea. Éste se sirvió de ambas y las utilizó para crear, con ellas, una obra con un marcado carácter deportivo, donde la velocidad era su rasgo distintivo. Esta característica también se hizo extensiva a la tipografía, algunas de las letras se estiraban exageradamente, como si el mismo aire que provocaba el automóvil al pasar junto a ellas las absorviera, estirándolas y aportando una sensación de velocidad. Ese mismo carácter, presidió el resto del material gráfico realizado para la ocasión.
La ciudad donostiarra ofrecía más que una competición automovilística, su belleza y el glamour, que aportaba la presencia del rey de España y de los personajes más cosmopolitas, atrajeron a numerosos forasteros proporcionando a la prueba un carácter internacional y un gran éxito. Finalmente todo ello favoreció para que la Semana Automovilista donostiarra se garantizase un hueco en el calendario deportivo europeo.
Los apoyos institucionales recibidos, para la organización del evento, tanto desde la corona, como por parte del ayuntamiento donostiarra y de la diputación de Guipúzcoa, y el buen trabajo realizado por la organización convirtieron al circuito de Lasarte y a sus carreras en el acontecimiento más importante del año de la ciudad.
Esos años coincidieron con el máximo esplendor en lo que a organización de pruebas automovilísticas se refería. La industria automovilística de todo el mundo utilizaba las carreras de turismos como el mejor medio para dar a conocer sus nuevos modelos y promocionar su marca. Se vivieron años muy buenos para este deporte que el RACG aprovechó para crecer.
La organización del “III Circuito Automovilista de San Sebastián” de 1925 estuvo respaldada por la realización de tres mil carteles distribuídos por todo el continente. En esta ocasión la obra estaba firmada por el famoso pintor Maga y, como novedad, aportaba su configuración vertical, a diferencia de las dos precedentes realizadas por Lagarde de diseño horizontal.
La velocidad continuó siendo el eje central del dibujo. El cartel estaba realizado sobre un fondo negro, y en él el artista había situado tres automóviles en plena carrera, resueltos en un llamativo color ocre. El texto, también en color ocre, se hacía eco de las fechas y del lugar de la cita, así como de la cuantía de los premios que ascendía a 132.000 pesetas.
La expectación crecía año tras año, tanto por parte de los aficionados como por parte de los fabricantes y pilotos, y San Sebastían se consagró como una de las citas más importantes de la temporada, reflejandose todo ello en una gran repercusión mediática del evento, tanto a nivel nacional como internacional. La presencia de numerosos periodistas, como consecuencia de la expectación que envolvía estas pruebas, garantizaba el tratamiento de cada una de las citas de forma muy exhaustiva. Los diarios locales dedicaban muchas páginas en las semanas previas a la celebración anual de la cita, así como durante toda la semana que duraba. Así se puede deducir de lo expresado por Angel Elberdin:
“ (…) más que nunca, el circuito ha acaparado la atención de miles, de millones de seres que han captado los elogios turísiticos y sportivos surgidos de más de medio centenar de consagradas plumas familiarizadas con estas grandes muestras del motor” (Elberdin, A, 1998: 120).
En este contexto no era necesario llevar a cabo un importante esfuerzo publicitario, y sólo cuando las cosas se pusieron más difíciles la organización insertó algunos pequeños anuncios en la prensa local. La mayor parte de la promoción publicitaria, nacional e internacional, descansaba en el envió de carteles a todos los clubs españoles y extranjeros, quienes a su vez se encargaban de difundir la noticia entre sus afiliados y simpatizantes.
La cita de 1926, la IV Semana Automovilista, se convirtió en la más importante de cuantas se habían celebrado en Lasarte, hasta ese momento, pues acogió tres grandes premios, El Gran Premio de España, El Gran Premio de Turismos y El Gran Premio de Europa. La realización del cartel anunciador recayó en el conocido artista Antonio García Bellido y su distribución se realizó por toda España y Europa como en ocasiones anteriores.
El hecho de aunar en una sola cita tres grandes premios era de una gran importancia y el artista consciente de ello realizó un magnífico cartel que conseguió transmitir el concepto de la velocidad más que nunca hasta el momento. La obra presentaba un formato vertical y un estilo muy moderno. Para lograr ese carácter de modernidad, Bellido hizo uso de algunos de los elementos artísticos más en boga del momento, representó una esfinge alada que simulaba una carrera con un automóvil, ambos elementos estaban resueltos mediante la utilización de líneas rectas y de fuertes colores. La presencia de la máquina, la velocidad, la energía, las líneas rectas y los tipos de letras lisos confluyeron en la obra de Bellido aportando, cada uno de ellos, el carácter más vanguardista del cartel. El automóvil y la esfinge fueron, sin duda alguna, los protagonistas del mismo, recayendo en ellos toda su fuerza expresiva. Ambos elementos eran empleados por algunos de los movimientos artísticos situados entre las vanguardias europeas del momento, como el reciente proclamado movimiento Art Déco, derivado de la exposición internacional de 1925 que había tenido lugar en Paris, justo un año antes. Aunque normalmente las esfinges se representaban sentadas, en esta ocasión Bellido la presentó volando, con una de sus enormes alas absolutamente abierta y extendida y una gran pluma sujeta en una de sus manos. La carrera que mantenían ambos, esfinge y automóvil, probablemente pretendía expresar la gran velocidad que ya por aquellos años alcanzaban los vehículos. Velocidad que, incluso, permitía que éstos pudiesen competir con un ser mágico y mitológico. Toda la composición estaba cargada de un enorme simbolísmo, la mitología y la mágia frente a la técnica y al automóvil, ambos elementos en una trepidante carrera. Como si pretendiese transmitir la similitud existente entre la velocidad del vuelo de un ave y la velocidad de los automóviles.
La importancia de la prueba contó con la colaboración y la experiencia del club español más veterano, el Real Automóvil Club de España, y así quedaba reflejado en el propio cartel que se hacía eco de ello incluyendo en la parte superior derecha del mismo los escudos del RACE y del RACG. Por su parte en la parte inferior, al pie, aparecían recogidos los tres grandes premios que aglutinaba la prueba de ese año; Gran Premio de España, Gran Premio de Turismo y Gran Premio de Europa. Todo el texto estaba resuelto en tipografía de palo seco, en consonancia con el resto del cartel y logrando la armonía buscada en todo momento.
En esos años la industria, en general, ya había aprendido que la imagen resultaba imprescindible para acceder a un público masivo y los artistas, en particular, intentaban reflejar en todas sus obras, vivacidad, atracción y rapidez, mediante la utilización de colores fuertes y elementos que denotasen modernidad.
El programa oficial estaba compuesto por 40 páginas llenas de información, fotografías, planos del circuito, artículos y anuncios. Su portada fue realizada por Donato Bergol, donostiarra de origen galo famoso y prestigioso pintor de taurinas, quién dedicó varias obras al encuentro. La obra realizada por Bergol mostraba una imagen absolutamente diferente de lo visto hasta el momento, la figura de una mujer tocada con peineta y mantilla española y vestido de volantes marcaba la diferencia fundamental con cualquiera de los carteles anunciadores de citas anteriores, tras ella discurría el circuito y la lucha encarnizada de los automóviles. Su estilo taurino conseguía aunar en un solo dibujo los dos elementos fundamentales para el artista, la cita de Lasarte y su pasión andaluza. La utilización de esa imágen pretendía superar el carácter local situándolo en un plano superior que le aportaba un carácter internacional, pues la celebración del Gran Premio de Europa supuso la afluencia de gran cantidad de extranjeros, tanto aficionados como equipos y pilotos.
La lucha entre dos número uno del momento, nada menos que las marcas Delage y Bugatti, convirtió el acontecimiento en la carrera del año. La industria del automóvil se encontraba ya muy consolidada y utilizaba los circuitos de todo el mundo como un “ring” donde disputar con la competencia por ser el mejor y demostrar sus mejores armas. El número de participantes inscritos aumentaba en cada nueva cita, garantizando el éxito de asistencia y, cada año que pasaba, el RACG iba adquiriendo más experiencia en la organización de la prueba. Los esfuerzos realizados por los organizadores para envolver el evento de un carácter internacional tuvieron su recompensa, y la cita contó con la acreditación de numerosos periodistas llegados de todos los puntos de Europa. Esta circunstancia logró una gran repercusión tanto en los medios nacionales como extranjeros, así como en la prensa especializada y de información general. Por su parte, la asistencia de espectadores desbordó todas las previsiones hechas por la organización, provocando un lleno total de público.
La siguiente cita, “V Circuito Automovilista” de San Sebastian se organizó para el mes de julio de 1927 y, el RACG encargó la realización del cartel a Aguirreche, otro conocido y prestigioso pintor vasco. El cartel era muy colorista y estaba resuelto con un solo elemento, un automóvil de carreras visto de frente. La utilización de colores muy vivos como el rojo, amarillo y ocre dispuestos sobre fondo negro consiguieron realzar el dibujo. La disposición del automóvil llegando de frente consiguió transmitir la sensación de velocidad, tan buscada en todas las obras realizadas por los distintos artistas vascos. Además, la utilización de líneas rectas y de formas geométricas y compactas, demostraban amplitud de influencias gráficas de los principales movimientos modernos del arte como el cubismo, futurismo y dadaísmo, todos ellos recogidos por el Art Déco. El texto, situado al pie del cartel, se hacía eco de los días y de las pruebas a celebrar el “Gran Premio de San Sebastian”, “Criterium de las 12 horas” y “Gran Premio de España” y mantenía el mismo estilo que el del año anterior. En esta ocasión el escudo del RACG figuró en exclusiva, al perder la prueba el carácter internacional y no precisar de la ayuda y soporte del RACE.
Durante esos años, el circuito de Lasarte fue testigo de la evolución que sufrieron las carreras de automóviles, tanto en lo que respecta a la velocidad, como a aspectos mecánicos. Así mismo, también se asistió a otro importante cambio, la lucha que en un principio se había establecido entre los países participantes, se transformó en un duelo entre marcas. La industria automovilística sobrepaso las fronteras para hacerse con el protagonismo de las pruebas a nivel internacional.
Por su parte, el cartelismo vasco se había consolidado de forma muy importante durante los últimos años y había arraigado en los más importantes ámbitos sociales del momento, como el turismo y el automovilismo. En este contexto, la tradición cartelística adquirió una gran importancia, hasta el punto que se constituyó en un claro negocio que se vio reflejado en la creación de estudios dedicados a su creación.
La VI Semana Automovilísta de 1928 se inició con un déficit económico, debido a la falta de pago de las subvenciones prometidas por parte del reino de España. Para poder hacer frente al costo de la prueba, ésta se redujó a dos días, 25 y 29, y a dos carreras, una prueba por día. Por otro lado, la fuga de algunas importantes marcas de la competición como Delague, Mercedes o Bugatti, obligó a los organizadores a tener que ir a buscar directamente a los pilotos ofreciéndoles ciertas garantías, y convirtiéndose en sus protagonistas indiscutibles. El protagonismo adquirido por los pilotos provocó que el RACG denominase la prueba del día 25 como “Gran Criterium de los Ases”, y el 29 llevó a cabo el “Gran Premio de España para vehículos Sport”, tal y como se puede comprobar en un pequeño anuncio aparecido en la prensa local durante esos días.
El esfuerzo realizado por la organización consiguió que la cita de 1928 contase con la mejor inscripción habida hasta ese momento, diecisiete nombres, procedentes de todos los países, formaron el grupo de inscritos al Gran Criterium de los Ases y, 70 “chaufferes”, tres damas entre ellos, conformaron la lista de inscritos a la carrera de vehículos sports. El hecho más destacable de la carrera de los “Ases” fue que todos los participantes pilotaban automóviles Bugatti, con colores diferentes según los países a los que representaban. El éxito de público volvió a repetirse como en años precedentes y el éxito deportivo llegó gracias a un nuevo récord de velocidad de 141,764 km/h (Elberdin, A. 1998: 194).
El cartel de ese año fue encargado al también donostiarra Rafael Elósegui, en él el artista supo plasmar la característica más sobresaliente de la cita mediante la incorporación de las banderas de los diferentes países partipantes, en la que cada piloto se distinguía, ya no por el automóvil que eran todos Bugattis, sino por el color del mismo. Las banderas representadas correspondían a Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, Estados Unidos y por supuesto a España, éstas se agitaban al paso de un veloz automóvil en plena carrera, aportando el carácter internacional de la prueba. La velocidad de nuevo volvía a estar presente en el dibujo mediante la utilización de pequeños trazos que salían de las ruedas y del propio vehículo y que transmitían a la perfección el ansiado efecto. Por su parte el texto dejaba constancia de la reducción de las carreras a los días 25 y 29 de julio.
La siguiente cita, el VII Circuito Automovilista, se concretó entre los días 25 y 28 de julio de 1929, pero para entonces la crisis económica estaba muy presente en todos los países, de hecho sólo tres meses más tarde, el 29 de octubre, se producía el “crack del 29” en Wall Street. La ausencia de las marcas se generalizó en la competición internacional, de modo que la importancia que adquieron los propios pilotos se situó por encima, incluso, de la de los automóviles y de las marcas. Probablemente esa fue la explicación del cartel realizado para ese año, que aportaba muchas novedades y diferencias respecto a todos los anteriores. La principal diferencia residía en el cambio de protagonista, en esta ocasión la fueza iconográfica descansaba en un primerísimo plano de la cara de un piloto, que ocupaba la mayor parte del dibujo, además estaba resuelto en fuertes colores sobre fondo negro, que aportaban a toda la obra de una gran fuerza expresiva y del buscado protagonismo del piloto. El texto también incorporaba novedades, ya que aparecía sitúado en la parte superior del mismo, a diferencia del resto de carteles vascos que siempre lo habían hecho al pie del mismo. La tipografía presentaba carácteres propios, que mezclaban el palo seco con otros más serpenteantes, sin llegar a las formas redondeadas del Art Nouveau.
Otra importante característica diferenciadora del cartel residía en su autoría, por vez primera, y como consecuencia de la importancia que habían adquirido los estudios de dibujo, la realización del cartel corrió a cargo del estudio Zeus. Se realizaron dos mil ejemplares que se distribuyeron por todos los círculos automovilísiticos.
Los años treinta se vieron marcados, en todos los ámbitos de la vida española, por la incapacidad de la economía española de asumir la crisis mundial de 1929. Esta circunstancia explicó la falta de ayudas y subvenciones, tanto nacionales como locales, para la organización de la semana automovilista donostiarra, y la cita de 1930 no contó con ningún tipo de apoyo económico de ninguna institución. A pesar de ello el “VIII Circuito Automovilista de San Sebastián” tuvo en su lista de inscritos nombres de primera fila. Desde Barcelona partió una caravana compuesta por motocicletas, sidecars, autociclos y automóviles, que dieron origen a una prueba de regularidad que se desarrolló por Francia hasta su llegada a San Sebastián.
La ocasión contó con su cartel correspondiente, realizado por el pintor Aguirreche. Se trataba de un dibujo muy colorista, en el que un automóvil se desplazaba a toda velocidad por una serpenteante carretera que transcurría por los montes de la ciudad, con la bahía donostiarra y la isla de Santa Clara al fondo. La obra incorporaba influencias y elementos del Art Déco, reflejadas mediante la utilización de curvas geométricas ondulantes, así como de vivos colores que realzaban todo el dibujo. La tipografía tambien jugaba un importante papel en la composición, la mayor parte eran tipos de palo seco, tan de moda en esos años, aunque algunos presentaban rasgos diferenciadores, principalmente en las letras “U”, “A” y “M” que aportaban rasgos propios y lo más diferenciadores.
El 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República Española, y con ella todos los clubs de España se vieron obligados a eliminar de sus nombres la palabra Real. Así el Real Automóvil Club de Guipúzcoa transformó su nombre por el de Automóvil Club de Guipúzcoa, momento que la junta directiva del club aprovechó también para adoptar un nuevo logotipo, más acorde con el nuevo nombre.
El gobierno formado por el nuevo régimen republicano no mostró el menor interés ni por el turismo, ni por el deporte en ningún punto de España y, por lo tanto, se anularon todas las ayudas y subvenciones prometidas por el régimen anterior. La falta de financiación se vio agravada por la clausura del Casino y Gran Kursaal y por la salida del país del Rey Alfonso XIII, uno de los mayores valedores con que había contado el deporte automovilístico en España, en ese contexto la organización se vio obligada a suspender definitivamente la celebración del que debía ser el IX Circuito Automovilista de San Sebastián.
En 1932 aprovechando una visita realizada a San Sebastian por el presidente de la República y por el ministro de obras públicas Indalecio Prieto, el Automóvil Club de Guipúzcoa expuso una lista de argumentos y de ventajas que la celebración del evento aportaban a toda la ciudad. El compromiso de apoyo mostrado por parte de Indalecio Prieto y la concesión de la correspondiente subvención, permitió iniciar los preparativos para la celebración del Gran Premio de España del año siguiente.
El Automóvil Club de Guipúzcoa consiguió poner en marcha la prueba de 1933 y, entre los preparativos, encargó la realización de un cartel para dar a conocer la celebración del IX Circuito Automovilista en todos los círculos automovilísiticos nacionales y extranjeros. La responsabilidad de su realización recayó en el conocido cronista gráfico vasco, Juan Zabalo Ballarín, más conocido como Txiki Zabalo.
Zabalo era un dibujante de ámbito comercial, -lo que hoy en día conocemos como un diseñador gráfico-, y ello quedó claramente reflejado en el cartel que elaboró para la ocasión. El artista consiguió realizar uno de los carteles más completos en la historia del circuito de Lasarte. En la misma ilustración Zabalo fue capaz de aunar los símbolos más representativos y atractivos de la ciudad, la playa de la Concha, la monumentalidad de sus edificios, el verde de sus montañas y por supuesto, en primer plano el elemento más importante, su circuito. La composición mostraba dos automóviles en plena carrera por un circuito que discurría al borde de una playa, flanqueada por monumentales edificios situados al pie de unas montañas. La parte inferior derecha estaba ocupada por un espacio perfectamente medido, en el que el texto resuelto en letras de palo, características del momento, aparecía envuelto por el nombre de San Sebastián. El cartel también conseguía un efecto muy colorista, fundamentalmente, mediante la utilización, de los colores amarillo, verde, rojo y azul.
La celebración se pospuso hasta el 24 de Septiembre y contó con el apoyo y presencia de todo el gobierno al completo. Durante la cita se celebró el Gran Premio de España y, además, ese año Lasarte consiguió clausurar la temporada mundial. Entre los ocho grandes premios del año se encontraban Montecarlo en Mónaco, Inglaterra, Nürburging en Alemania, Indianápolis en Estados Unidos, Monthéry en Francia, Spa Francorchamps en Bélgica, Monza en Italia y Lasarte en España. Después de dos años en blanco, la organización consiguió la asistencia de las figuras más destacadas del momento, y la presencia de tres importantes marcas Bugatti, Alfa Romeo y Maserati, contribuyendo todo ello al éxito del evento.
La edición del año siguiente estuvo en suspense durante muchos meses, como consecuencia de los problemas y desencuentros de la organización y el ayuntamiento de San Sebastián, pero finalmente, ante el clamor popular, el Centro de Atracción y Turismo CAT apoyó económicamente el certamen, y el X Circuito Automovilista se celebró el 23 de septiembre de 1934.
La nueva edición trajo consigo el diseño de un nuevo cartel, cuya autoría recayó en Máximo Viejo Santamarta. La enorme competencia entre los vehículos y la lucha que éstos mantenían en cada prueba que se celebraba quedó claramente reflejada en la obra del artista. El cartel se resolvía incorporando los elementos más característicos y representativos de la ciudad. La atractiva bahía de la Concha, reclamo turístico por excelencia, con el Monte Igueldo al fondo y un circuito que discurría por sus montes, conformaban una imagen que ocupaba la totalidad del cartel. En un primerísimo plano dos automóviles y dos pilotos, en plena competición. La utilización de la perspectiva y de líneas rectas que salían de las ruedas de los automóviles, así como la geometrización de algunos de sus elementos transmitían la sensación de velocidad en que transcurrían las carreras en esos años. Especialmente llamativas resultaban las tipografías utilizadas, a pesar de no ser las típicas letras lisas y angulares, tan representativas del Art Déco, tenían una clara finalidad decorativa, muy en línea con el afán de decorarlo todo de ese movimiento, aún en aquellos casos en que su diseño era llevado a su mínima expresión.
Para la organización de la siguiente cita el Automóvil Club de Guipúzcoa convocó un concurso de carteles, al que se presentaron ochenta y dos obras. Finalmente, y tras una díficil deliberación, consecuencia evidente del elevado número de carteles presentados, el primer premio recayó en el cartel que llevaba por lema “Dardo” realizado por los madrileños Máximo Viejo Santamarta (ganador también del cartel de la cita anterior) y Javier Gómez Acebo. La composición tenía una gran fuerza gráfica y un estilo muy moderno, se trataba de una obra impregnada del más avanzado grafismo de la época. Era una vista desde el monte Ulía, que mostraba en primer plano la cabeza de un corredor tocado con un moderno casco blanco y gafas de espejo, sujetándo fuertemente sus manos al volante, tras él se podía contemplar la bahía de la Concha, el monte Igueldo y una sinuosa carretera que discurría junto al mar. La utilización de fuertes trazos y líneas rectas con origen en el piloto, así como de letras de palo seco estratégicamente inclinadas y los intensos colores azul, verde y rosa, consiguieron dotar al cartel ganador de una expresión propia y un estilo realmente moderno, con carácter propio donde la velocidad era el eje fundamental entorno al cuál se construía el resto de la obra.
El acontecimiento volvió a ser un éxito, el duelo entre los pilotos más representativos del momento, sus protagonistas, levantó una gran espectación. Los italianos y los franceses intentaron ganar a la escuadra alemana, pero finalmente no pudieron ni con la técnica ni con la táctica de Mercedes. Se rodó por encima de los 150 kms/h, y se contabilizaron hasta 20.000 automóviles en los aparcamientos del circuito, fueron vendidos más de 21.000 billetes de tren entre las estaciones de Vitoria e Irún, además del público llegado en tranvía, autocar, taxi, motocicletas, bicicletas y sobre todo andando (Elberdin, A. 1998: 306).
Entre los años 1932 y 1936 se celebraron carreras memorables en las que participaron las mejores marcas de Europa. El éxito logrado año tras año impulsó a los organizadores a pedir la construcción de un circuito permanante en Lasarte para el futuro. La iniciativa tuvo buena acogida y el presupuesto contó con importantes apoyos, aunque finalmente no se consiguió el importe necesario para llevar a cabo el proyecto, además el estallido de la Guerra Civil dio al traste con el proyecto provocando la desaparición definitiva del circuito vasco y por lo tanto de sus carreras.
En resumen podríamos concluir diciendo que durante la década de los años veinte se vivieron años muy buenos para el deporte automovilísta en España al igual que en el resto de Europa. La década coincidió con el máximo esplendor en lo que a organización de pruebas automovilísticas se refiere, la afición del público se incrementaba año tras año y su interés por todo lo relacionado con los automóviles también. Cualquier acontecimiento automovilístico que se organizaba generaba un gran interés y espectación entre sus aficionados, tanto de público como de participantes, logrando una gran repercusión mediatica en toda la prensa del momento. Pero, sin duda alguna, fue el carácter internacional que desde el mismo nacimiento del automóvil definió al nuevo medio de transporte, el que influyó de forma definitiva en la proyección y difusión de las pruebas automovilísticas en todo el mundo.










